El Marinero Perdido
UN CASO DE AMNESIA

La guerra, la puta guerra. Aún recuerdo tan viva aquella noche en que salí de casa entusiasta y lleno de jodido patriotismo. En el fondo estaba cagado en las patas. Las noticias que recibíamos del frente eran alentadoras, pero la verdad es que para los que estábamos en América la guerra era una horrible incertidumbre. El teléfono sonó insistentemente; atendí luego de la tercera llamada y con un vaso de whisky en la mano (hecho sumamente extraordinario por aquel entonces). La voz de un secretario general de rango intermedio de la Marina de los Estados Unidos reclutaba mis servicios de intérprete del Código Morse en el submarino USS Bowfin. Era invierno y me acuerdo haber aguantado mares en la garganta para no romper en llanto cuando me despedí de mi vieja. Se me hizo tarde y todo; tuve que correr por la maldita calle con las lágrimas congeladas en las mejillas. Y al final cuando llegué al centro de reclutamiento de Connecticut resulta que era el único y que a la mañana siguiente un micro me llevaría a New Haven, desde donde subiría a bordo del Bowfin y partiría hacia los mares del Japón. Corría el año ´44 y yo tenía tan solo dieciocho años, un pibe.
La guerra me pasó en un suspiro, había estado bajo el mar eras geológicas, el tiempo no existía; me la pasaba descifrando mensajes enemigos. No había día o noche, solo largas jornadas de trabajo, y ahogarme en licor para poder dormir. Subíamos a la superficie con cierta asiduidad pero estábamos bastante aislados de lo que sucedía en la guerra real. Al final, cuando ya habíamos matado a todos los que había que matar, pagándolo con la vida de todos los que tenían que morir, volví a Estados Unidos sin haber visto una gota de sangre. Un micro me dejó en el centro de reclutamiento de Connecticut y de ahí me fui a mi casa a ver a mi vieja de quien no sabía nada hacía dos años. Me acuerdo que compré un ramo de flores y a medida que me acercaba a casa podía oler el exquisito pie de manzana que me solía hornear mi madre. Yo estaba vestido de uniforme luciendo mis dos medallas de honor y la gente me saludaba por las calles como se saluda a un verdadero héroe. Cuando llegué me encontré con un cartel de venta en el Porche y una carta que la vecina -Miss Rosemary- había recibido de mi hermano Richard quien se había ido a vivir a Oregon con su pareja. Mi madre había muerto. Era invierno y sentí la misma desolación que la noche de mi partida, las lágrimas se me congelaban quedándose pegadas en mis mejillas y salí corriendo otra vez en la misma dirección, refugiándome en el único escondite que conocía: la marina. Esta vez no era tarde. Esa noche oscura y fría me encerré en el primer hotel que encontré y bebí para olvidarme de todo.
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El caso del Marinero Perdido que describe el Neurólogo Oliver Sacks, cuenta la historia de Jimmie G, un hombre que es ingresado a la clínica neoyorkina donde Sacks trabajaba hacia 1975. Jimmie fue admitido en el área de la residencia de ancianos con una críptica nota de traslado que decía: “Desvalido, demente, confuso y desorientado”. No obstante, la mañana en que el Dr. Sacks recibió a Jimmie en su consultorio, este le causó una impresión de salud, alegría y cordialidad. En el transcurso de la entrevista, Jimmie compartía su autobiografía abiertamente y se mostraba muy cooperativo. Al recordar, al revivir, se mostraba lleno de entusiasmo; no parecía hablar de pasado sino de presente. El cambio de tiempo verbal en sus recuerdos (cuando pasó de sus días escolares a su período en la Marina) sorprendió mucho a Sacks. Había estado utilizando el tiempo pasado, pero luego utilizaba el presente, no un presente formal o ficticio del recuerdo, sino el presente real de la experiencia inmediata.

Se apoderó de mí una sospecha súbita, improbable.
- ¿En qué año estamos, señor G..? –pregunté, ocultando mi perplejidad con una actitud despreocupada.
- En cuál vamos a estar…, en el cuarenta y cinco. ¿Por qué me lo pregunta? –Luego continuó-: Hemos ganado la guerra, Roosevelt ha muerto, Truman está al timón. Nos aguarda un gran futuro.
-Y usted Jimmie ¿qué edad tiene?
Su actitud era extraña, insegura, vaciló un instante, parecía estar haciendo cálculos.
-Bueno, creo que diecinueve doctor, los próximos que cumpla serán veinte.
Al mirar a aquel hombre de pelo canoso que tenía ante mí, empujé hacia él un espejo.
-Mírese al espejo y dígame lo que ve. ¿Es ese que lo mira desde el espejo un muchacho de diecinueve años?
Palideció de pronto, se aferró a los dos lados de la silla.
-Dios santo –cuchicheó-. Dios mío, ¿qué es lo que pasa?¿Qué me ha sucedido? ¿Será una pesadilla?¿Estoy loco?
-No se preocupe Jimmie –dije tranquilizándolo-. Es solo un error. No hay porque preocuparse. ¡Venga!
Lo llevé junto a la ventana.
-¿Verdad que es un maravilloso día de primavera?
Recuperó el color y empezó a sonreír y yo me escabullí llevándome aquel espejo odioso.
Volví dos minutos después, Jimmie aún seguía junto a la ventana. Se volvió cuando abrí la puerta y su expresión era alegre.
-¡Hola Doctor! ¡Bonita mañana!
El diagnóstico presuntivo que determinó el Dr. Sacks fue Síndrome de Korsakov, idea que fue reforzada luego del desagradable informe del Belleveu Hospital, fechado en 1971, que decía que el paciente se hallaba “totalmente desorientado… con un síndrome cerebral orgánico avanzado, debido al alcohol”. (Se le había diagnosticado por entonces Cirrosis). En opinión de su hermano, los problemas comenzaron cuando abandonó la Marina en 1965, pero la verdad es que Jimmie ya bebía en exceso desde el final de la guerra y la Marina solo le ofrecía un marco. A partir de ahí empezó a desmoronarse y a beber sin control. Sus manifestaciones clínicas: una amnesia anterógrada (falta de capacidad de almacenamiento de nuevos recuerdos en la memoria a largo plazo) muy aguda.

El Marinero Perdido es el segundo -cuento/historia clínica- del libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, del neurólogo norteamericano Oliver Sacks (1985), quien con generosidad y talento comparte sus conocimientos y experiencias que varían entre los campos extensos de la salud, la filosofía y el arte.
Editorial Anagrama 2010
De la traducción, José Manuel Álvarez Flórez (2002)